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Empleados desempleados: paradojas dominicanas.

“Desarrollo e institucionalidad”

Empleados desempleados: paradojas dominicanas.

Carlos Salcedo

Aunque debo reconocer que con los años disminuye la intensidad, aún la capacidad de sorpresa no me es ajena. Es connatural al ser humano. Esto viene a cuento porque cuando leí ayer que el presidente de la República canceló a 126 subdirectores y subadministradores de la OMSA, INAVI, Migración, CAASD, Lotería Nacional, INESPRE e IAD, quedé asombrado.

Y no es para menos. De los removidos, 33 eran subdirectores del IAD, 12 de la OMSA, 17 de Migración, 21 de la Lotería, 9 de la CAASD, 7 del INAVI y 27 del INESPRE. No es broma. Ni cerca estamos del 28 de diciembre, Día de los Inocentes. Para solo citar otro ejemplo, el Consulado Dominicano de New York hasta hace poco tenía 47 vicecónsules, siendo el hazmerreir del gobierno americano. Ni silla ni escritorio ni oficina ni espacio para despachar tendrían todos esos funcionarios donde estaban designados.

Es un caso digno de estudio. Mientras acusamos grandes antros de miseria, déficit fiscal y cuasifiscal y un presupuesto financiado con deuda interna y externa, que crece como la verdolaga, experimentábamos un crecimiento descomunal en nuestra nómina pública para el pago de desempleados. Sí, de “empleados” que no tienen empleo, porque si bien cobran no desempeñan ningún trabajo. Mal contado el gobierno dominicano tiene más de 609 mil empleados, cuando necesitaría para funcionar adecuadamente un máximo de 150 mil, conforme al promedio de empleados por habitantes en cualquier país del mundo desarrollado.

La democracia cuesta; pero la nuestra debe ser de las más caras. Tenemos un Estado pequeño; pero la nómina pública es de uno grande. La verdad sea dicha: la clientela política crece como los espaguetis aquellos, que “crecen, crecen y crecen hasta que se llena la paila”.

La supresión de puestos y funcionarios parasitarios, de instituciones hasta quintuplicadas como de “empleados desempleados” es una medida para reducir la pobreza y una apuesta obligatoria para el uso eficiente de los limitados recursos que tiene todo Estado y más el nuestro. Ojalá que este estado de cosas, junto con las otras formas de corrupción, esté llegando a su fin. Mi mayor deseo es que el gobierno no se quede repitiendo la historia de la famosa escobita nueva.

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